Mayca Romero Sánchez de la Campa. Activista feminista
Durante años, el 8 de marzo fue una cita clara: una manifestación, un recorrido, un espacio común. Un lugar que, con sus contradicciones, representaba el movimiento feminista en la calle.
Luego llegaron las fracturas.
En grandes ciudades como Madrid o Barcelona aparecieron convocatorias paralelas. Nuevos espacios. Nuevas formas de nombrar la agenda. La irrupción de otros sujetos políticos, la institucionalización creciente, la entrada de partidos, sindicatos y agendas cruzadas fueron transformando lo que había sido un espacio construido históricamente por mujeres.
Algunas decidieron salir y empezar de cero.
Otras optaron por quedarse y disputar el espacio histórico.
Y en muchas ciudades pequeñas, simplemente intentamos resistir.
Porque en las ciudades pequeñas no siempre hay músculo suficiente para dos manifestaciones. A veces no lo hay ni para una. No hay recursos, no hay estructura, no hay respaldo institucional y, sobre todo, no hay protección cuando el espacio se vuelve inseguro.
Se habla mucho de las divisiones del feminismo. Se analiza lo que ocurre en las grandes capitales. Pero casi nadie mira lo que pasa en los territorios pequeños: cómo sostenemos durante años una convocatoria sin dinero, sin cobertura, sin poder real. Cómo intentamos que el 8M siga siendo un espacio de mujeres sin que se convierta en un escaparate institucional o en una batalla identitaria permanente.
Y aquí aparece algo que no siempre queremos nombrar: lo que funciona en las grandes ciudades no siempre funciona en los territorios pequeños. Nos contagian entusiasmo, discursos, estrategias. Pero luego volvemos a casa y la realidad es otra. El feminismo necesita también estrategia situada. Autonomía territorial. Decidir desde el contexto y no desde la inercia de lo que ocurre en otros lugares.
Yo no veo la creación de nuevos espacios como una cesión. El espacio ya estaba profundamente institucionalizado. Demasiados intereses, demasiadas siglas, demasiadas agendas superpuestas. Lo que algunas compañeras intentaron fue reconstruir algo desde cero: un espacio de mujeres abierto a toda la ciudadanía, pero centrado en los derechos de las mujeres.
En muchas ciudades eso no ha cuajado.
En otras, apenas sobrevive.
Mientras tanto, los grupos sociales que no son de mujeres —pero que ocupan el 8M como protagonistas— siguen teniendo presencia. No siempre en defensa clara de nuestros derechos pendientes, pero sí con capacidad de ocupar el relato. Aunque también es cierto que su fuerza se ha ido debilitando. El desgaste, la falta de respaldo electoral, la pérdida de poder institucional se nota en la calle.
Lo que no ha desaparecido del todo es la hostilidad hacia el feminismo. A veces abierta. A veces más sutil. A veces transformada en indiferencia.
Y en medio de todo eso estamos muchas.
Algunas mañana volverán a jugarse el cuerpo en espacios que no sienten seguros, intentando disputar un lugar que históricamente fue suyo. Otras han decidido mantenerse en el espacio original, sostenerlo aunque duela. Y otras muchas se quedarán en casa, agotadas de no encontrar un lugar propio en un día que debería ser nuestro.
No es renuncia.
Es un desgaste estructural.
Porque el gran reto en las ciudades pequeñas no es solo organizar una manifestación. Es sostener un proyecto feminista sin recursos, sin respaldo claro y en medio de tensiones constantes. Es disputar espacio político sin tener el poder institucional que lo blinde. Es trabajar todo el año y llegar al 8M con la sensación de estar defendiendo siempre lo mismo.
Quizá el debate no sea si hay una o dos manifestaciones.
Quizá el debate sea si estamos construyendo un espacio donde las mujeres podamos reconocernos sin tener que defender continuamente nuestra propia existencia política.
El 8M no es solo salir a la calle.
También es preguntarnos desde dónde lo hacemos.
En las ciudades pequeñas, resistir sin desaparecer implica algo más que convocar.
Implica decidir desde el territorio.
Implica no diluirse.
Implica sostener, incluso cuando el ruido viene de fuera.
No estamos desapareciendo.
Estamos intentando no perder el sentido.
Y eso también es acción política.



