Es necesario revelarse contra la agenda monotemática que sólo quiere ciudadanía mono neuronal. Ninguna credibilidad para los que únicamente protestan por lo que la conveniencia gubernamental y la moda posmoderna les marca.
Hace unos meses que uno de los conflictos armados más violentos y salvajes viene ocurriendo, al tiempo que los medios de comunicación, especialmente en España, lo vienen silenciando.
Para enterarse mínimamente de loque viene ocurriendo en la República Democrática del Congo hay que irse a la prensa internacional, puesto que la autóctona, al menos la oficial, tiene el criterio marcado de no distraer a nadie de lo que pasa en Gaza, hasta el punto de que ha desaparecido hasta Ucrania de los noticieros.
Esto es así porque no es sólo la objetividad ni la gravedad de lo que ocurre lo que marca ya ahora el presunto criterio periodístico (mucho menos en la televisión pública). Ni siquiera las afectaciones económicas que pueda tener para España un conflicto bélico atroz en un país del que importamos bastantes más cosas de las que creemos. Nada de eso importa ya. La pornografía informativa humanitaria marca la agenda que le dicta lo que más le conviene a los que reparten la publicidad y de ahí no se sale.
A estas alturas de este humilde escrito ya me estarán llamado fascista, sionista y toda una serie de lindezas que les confieso que ya me resbalan al más puro estilo Mr. Sánchez Teflón. Porque a mí lo que me interesa son los Derechos Humanos, especialmente los de las mujeres y las niñas, y lo que me molesta soberanamente es que haya víctimas de primera que merezcan atención, y víctimas de segunda, de tercera, cuarta o quinta, a las que se pueda abandonar dependiendo del país, el agresor o las víctimas. Sobre todo, ahora que cualquier indocumentado se pone una banderita en su perfil de redes sociales y hay que poco menos que adorarlo.
Abro un paréntesis para señalar que esto de la moda de las banderitas no es nuevo ni exclusivo de Palestina. Hace muy poco pasó lo mismo con la bandera ucraniana, que hasta de mosca de la tele se la pusieron algunos canales, incluida la tele pública. Ahora ya nadie se acuerda de Ucrania y prefieren hablar de las costumbres veraniegas que de esa guerra. Lo mismo pasará cuando toque con Palestina. Para que vean ustedes lo que en realidad les importa ni Ucrania ni Palestina ni nada.
Pero a mí, fíjense, sí me importa lo que está pasando en la República Democrática del Congo, que además de ser un exportador de muchos minerales, de ser uno de los países mayores productores de diamantes y de tener no pocas reservas de petróleo, resulta ser el país del que dependen prácticamente la totalidad del resto de países del mundo ya que también tienen el 80% de las reservas mundiales de coltán, ese mineral sin el que no funcionaría absolutamente nada que tenga que ver la tecnología o la comunicación, incluidos todos los móviles y ordenadores del mundo.
Pues ese país, que con esas credenciales debiera estar en la primerita página de la diplomacia mundial y ser un buen lugar para vivir debido a sus enormes recursos estratégicos, en realidad se ha convertido en la capital mundial de la violación y del extermino por razón de sexo hacia todas las congoleñas.
Desde el levantamiento del grupo paramilitar M-23 en 2012, se inició un conflicto civil, alentado también por países vecinos como Ruanda y aprovechado por las grandes economías mundiales para hacer negocio. Este conflicto se ha recrudecido desde finales de 2024 y como siempre, se ha cebado con las mujeres.
En algunos breves de pocos medios se pudo leer el pasado febrero como, tras el asalto a una cárcel de Goma por parte de los paramilitares, los milicianos aprovecharon para violar y quemar vivas a las 100 mujeres presas que estaban allí encarceladas.
Miles de mujeres han sido literalmente destrozadas a través de la violencia sexual que siempre es arma de guerra en un conflicto armado, pero que este país se ha hecho más inhumana que en ningún otro sitio. Violadas, torturadas, quemadas, convertidas en esclavas sexuales, asesinadas todos los días, sin que nadie diga ni mu ni se pongan banderitas ni en las redes sociales, ni en los festivales musicales. Ninguna cancelación a ningún artista por no protestar conta este exterminio por razón de sexo. Hasta dudo que muchos de los que sí se han borrado por ejemplo del Sónar sepan ni siquiera dónde está el Congo (por ejemplo S. Hudson). También de los que devolvieron las entradas.
Lo mismo está pasando en este momento en la región etíope de Trigay, donde las violaciones y torturas a mujeres han llegado a un nivel de salvajismo tal que hasta los cooperantes médicos más experimentados aseguran no haber visto nunca nada igual.
Pero, ¿a quién le van a importar las negras? ¿La ONU? Ni están se la espera. ¿La Unión Europea? Mejor ni preguntar. ¿Los artistas muy-mucho-progres? No hay ningún manifiesto que firmar para ellas.
Por eso es necesario revelarse contra la agenda monotemática que sólo quiere ciudadanía mono neuronal. Ninguna credibilidad para los que únicamente protestan por lo que la conveniencia gubernamental y la moda posmoderna les marca. Moda que también desechó al as afganas ahora que se van a cumplir cuatro años de su abandono vergonzoso en manos de los talibanes.
Ninguno de ellos y ellas es activista. Como mucho, son publicistas de quien paga.



