Incluso cuando ganamos, perdemos

“La violencia que el sistema necesita: la falsa paz del patriarcado institucional”

Si hoy se protege la categoría femenina en el deporte, es porque hubo feministas que no cedieron cuando tocaba sostenerla.

Defender la categoría femenina en el deporte no debería requerir explicaciones. Y, sin embargo, en los últimos años las ha requerido. Muchas.

No solo en términos políticos, también personales. Porque lo que durante décadas fue un consenso básico —que el deporte femenino existe para garantizar condiciones de competencia equitativas entre mujeres— dejó de serlo casi de un día para otro.

Y cuando algo deja de ser evidente, quien lo sostiene empieza a incomodar.

A muchas feministas nos ha pasado eso. Hemos tenido que explicar una y otra vez que no se trataba de señalar a nadie, sino de preservar un espacio con límites claros. Que no era una cuestión simbólica, sino material. Que el deporte no funciona sobre intenciones, sino sobre condiciones físicas y reglas claras.

Aun así, el debate se fue enrareciendo. Defender la categoría femenina pasó a leerse como una posición sospechosa. Y sostenerla tuvo un coste: etiquetas, desgaste y, en muchos casos, la expulsión de espacios donde antes había diálogo.

Pese a todo, muchas decidimos no movernos.

No por resistencia vacía, sino porque entendíamos que lo que estaba en juego no era menor. El deporte femenino no es una categoría más: es una conquista que responde a desigualdades reales y que solo tiene sentido si mantiene aquello para lo que fue creada.

Con el tiempo, ese debate ha ido saliendo del ruido y entrando en el terreno de las decisiones. Distintas federaciones y organismos internacionales han comenzado a revisar sus criterios. Esta misma semana, el Comité Olímpico Internacional ha vuelto a situar el foco en la necesidad de definir con mayor claridad las condiciones de participación en la categoría femenina, reafirmando la importancia de criterios que permitan garantizar la equidad en la competición.

Ese movimiento no ha cerrado el debate —ni mucho menos—, pero sí ha introducido algo que durante un tiempo parecía ausente: la necesidad de definir.

Mientras tanto, en España la conversación sigue siendo compleja. Conviven marcos legales y sociales que no siempre encajan entre sí, y eso genera tensiones que todavía no tienen una respuesta sencilla.

Pero lo llamativo no es solo eso.

Lo llamativo es cómo se ha contado todo este proceso.

Porque, en lugar de abrir un debate honesto, muchas veces se ha optado por simplificarlo. Por reducirlo a bandos. Por colocar a quienes defendían la categoría femenina en un lugar incómodo desde el inicio, como si la discusión no mereciera ser escuchada en sus propios términos.

Y así es difícil construir nada.

Porque lo que pocas veces se reconoce es el recorrido que hay detrás. Los años de trabajo, de reflexión y de diálogo —a veces duro— entre feministas de distintas trayectorias, muchas desde posiciones materialistas, que coincidían en algo fundamental: que la categoría femenina debía preservarse.

No como una trinchera, sino como un espacio.

Nunca fue una lucha contra personas, sino contra un marco que desdibuja una categoría necesaria.
Fue, y sigue siendo, una defensa de algo.

De un marco que permite que niñas y mujeres compitan en condiciones justas. De una herramienta que corrige desigualdades que siguen existiendo. De una idea sencilla, pero incómoda en algunos contextos: que la igualdad no puede construirse ignorando la realidad.

Por eso, cuando hoy algunas decisiones empiezan a ir en la dirección que muchas señalamos, la sensación se me hace de un falso triunfo.

Es más bien cansancio.

Porque el debate no ha cambiado tanto como cabría esperar. Porque quienes sostuvieron estas posiciones siguen teniendo que explicarse más que nadie. Y porque, en demasiadas ocasiones, se sigue evitando entrar en el fondo de la cuestión.

Quizá ese sea uno de los síntomas de nuestro tiempo: la dificultad para sostener desacuerdos sin convertirlos en conflictos irreconciliables.

Y, sin embargo, el feminismo siempre ha sido también eso: un espacio de discusión, de matices, de construcción colectiva. Renunciar a eso es empobrecerlo.

Ahora que el debate empieza a aterrizar en decisiones concretas, quizá haría falta algo bastante básico: un poco de honestidad.

Para reconocer que el desacuerdo existía.
Para aceptar que no era trivial.
Y para entender que quienes lo planteaban no estaban necesariamente en el lado equivocado.

Porque a veces pasa.

Que se sostiene una posición durante años, se paga el precio de hacerlo, y cuando finalmente empieza a abrirse paso, el reconocimiento nunca llega del todo.

Por eso, incluso cuando parece que se avanza, la sensación persiste:

La de haber tenido razón… sin dejar de perder.

Mayca Romero Sánchez de la Campa
Activista feminista

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