La famosa frase «Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres» se atribuye al filósofo y matemático griego Pitágoras. Este nos inculcó la importancia de la educación y la formación, de enseñar a pensar y de transmitir unos valores que constituyen la base sobre la que se ha gestado lo que llamamos sociedad. Formar moralmente a los jóvenes era, para él, esencial para construir una sociedad justa, libre y armoniosa.
Quizás Pitágoras nunca imaginó que la sociedad pudiera desarrollarse y avanzar tanto como lo ha hecho. En esta era de sobreinformación, redes sociales y nuevas tecnologías, ¿Qué pensaría Pitágoras al ver a alumnos y profesores protestando?
¿Qué diría de una sociedad de grandes desigualdades sociales? Una sociedad donde el concepto de alumno es un estatus condicionado por los apellidos o el color de piel, donde prevalece más el interés por etiquetar según las necesidades del multiculturalismo que la realidad individual de un niño.
¿Un matemático como Pitágoras aplicaría el distintivo de segunda, tercera o cuarta generación o, como gran filósofo y matemático, estaría más pendiente del alumno y de su pensamiento? ¿Qué les diría a quienes rechazan la abreviación de menor extranjero no acompañado (MENA), pero insisten en victimizar a jóvenes con la etiqueta generacional por su descendencia familiar?
Creo que Pitágoras se preguntaría: «¿Qué hice mal para que la humanidad haya perdido la capacidad de pensar y observar?». ¿Cómo puede la humanidad actual vivir en tal desorden y confusión?
¿Por qué las instituciones, las ONG y los políticos – supuestamente progresistas – están desesperados por colocar la dichosa etiqueta generacional a jóvenes que han nacido y crecido en España, Francia o cualquier otra ciudad europea, vinculándolos a un supuesto proceso migratorio familiar casi prehistórico?
Cuando estos jóvenes salen a protestar y expresan mucho más que un malestar por la falta de oportunidades o la necesidad de una educación de calidad, muestran su desarraigo y responden a esta etiqueta generacional. Solo algunos se preguntan: ¿qué ha pasado? Mientras tanto, se sigue utilizando la losa de la etiqueta generacional.
¿Y no es más racista utilizar esta etiqueta generacional migratoria que una terminología técnica como MENA?
Entiendo que, para muchos, ciertas etiquetas han sido útiles para dar sentido al argumento del multiculturalismo. Las etiquetas han sido el comodín que daba explicaciones simplistas a la desigualdad social, la precariedad de los servicios, los salarios bajos y las infraviviendas. La inmigración y los hijos de la inmigración han sido, y siguen siendo, el cajón de sastre de la política, que, a su vez, ha camuflado cómo, cada día, todos éramos más pobres y más débiles, mientras el escudo social se deshacía.
Pero, después de décadas y décadas, llega, por evolución natural, el fin del multiculturalismo y de la etiqueta generacional migratoria. Llega la cruda realidad, con la complejidad de la sociedad contemporánea, donde no existe una fotografía homogénea. La pobreza no se rige por etiquetas generacionales. No es una cuestión de negros o blancos, sino que requiere responsabilidad política en el análisis y en la gestión.
Una sociedad que necesita que los alumnos sean simplemente alumnos, sin la carga del estereotipo de la etiqueta generacional; que necesita ofrecerles una educación de calidad, con profesores que se sientan valorados y seguros. Eliminar la injerencia del multiculturalismo en la educación, dejar de dar clases con el Corán y aprender más de filosofía y del Quijote.
Con un poco de suerte, los jóvenes dejarán de quemar contenedores y, en el futuro, tendremos adultos que sabrán pensar y verán a las personas sin etiquetas ni miedos. Así, continuarán descubriendo la complejidad y la maravilla del entramado social y humano que conforma este planeta llamado mundo.
Pero antes hemos de entender que cada contenedor que se quema en Francia, Italia o España también representa la quema de las etiquetas y las cargas generacionales, porque estos jóvenes piden tener la oportunidad de existir siendo simplemente ellos, como protagonistas del futuro inmediato de una Europa que, si no sabe escuchar, no encontrará la solución castigando a los hombres.
Por: Hanan Serroukh Ahmed. Fundó la asociación Punt de Referència, activista social contra el terrorismo yihadista y islamismo.



