Vengo por aquí a confesarme en público y a reconocer que recapacitando sobre si la regularización de inmigrantes es buena, mala o regular he descubierto que en realidad lo único que me preocupa son aquellas personas que anteponen su retrógrada fe a los derechos de las mujeres conquistados con sangre sudor y lágrimas.
Sé que decir hoy abiertamente que tengo miedo al islam no está bien visto e incluso es peligroso. Recuerdo mi infancia de niña atea y no bautizada cuando me oponía en público a Cristo. Cuando me cagaba en Dios y cuestionaba las comuniones de mis compañeritas y compañeritos de clase. Qué tiempos aquellos en los que cagarse en Dios, criticar a los curas y a las monjas o mirar por encima del hombro a quien no cuestionaba lo establecido por la iglesia en un sociedad que salía de una dictadura nacionalcatólica, era una cosa muy de izquierdas y de librepensadores. Qué tiempos aquellos en los que blasfemar haciendo uso del raciocinio era visto como algo bueno por las personas que defendían las libertades individuales y la ciencia por delante de la religión.
Todo cambia cuando con el islam topamos. No sé sabe cómo se produce exactamente pero algún tipo de embrujo circula cuando el Corán acecha. Podemos cagarnos en Dios sin problema, pero ¿qué hay de cagarnos en Alá? Por alguna extraña razón cagarse en Alá y blasfemar sobre la fe de Mahoma se considera hoy en día racismo, xenofobia o ser malísima de la muerte. ¿Acaso no es la libertad de expresión un valor de la democracia? ¿En qué momento las personas que aplaudían mis blasfemias pasan a quitarme la palabra si blasfemo contra una religión todavía más misógina que la cristiana católica apostólica y romana? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué debemos las mujeres echarnos hacia atrás y jugar al juego del todo es relativo? ¿Porque debemos aceptar como iguales a quienes sostienen que nosotras no tenemos el mismo valor sino uno inferior al de cualquier hombre? ¿Se puede considerar positivo para los derechos humanos de las mujeres y niñas restarle importancia a los derechos humanos de las mujeres y niñas? ¿Debemos mirar para otro lado cuando observamos a mujeres caminar detrás de sus parejas masculinas ataviadas con largas telas que no dejan intuir quien está debajo más que por la evidencia de que no se le haría eso a un hombre?
De nuevo y por si alguien nos echaba de menos, aquí estamos las feministas para romper el silencio y la comodidad de los cobardes.
Llevamos años en los que se nos dice sin posibilidad de réplica que toda diversidad es buena y siento decir que no es verdad. No quiero mezclarme con personas que no respetan a las mujeres y que difunden una religión misógina que nos considera sirvientas o directamente esclavas. Mezclarnos con talibanes dejaría una foto muy curiosa pero nos jodería la vida a las hembras de la especie. La diversidad no es buena per se.
Así que llegadas hasta aquí vengo a decir que quizás discriminar no siempre sea malo y que yo tengo islamofobia porque me da miedo vivir en un mundo en el que se pongan normas morales solo para mujeres.
Que tengo miedo de normalizar el uso de prendas de ropa para mujeres que nos separen solo a nosotras entre santas y putas. Que aborrezco del mundo que no quiere ver esto tan evidente. Que quiero dejar de cuidar de machistas que tienen una mala vida pero que desean que la vida de las mujeres sea un infierno. Que hay que cerrarle la puerta a las ideas misóginas y que esas ideas lamentablemente vienen dentro de las cabezas de algunas personas que tienen necesidades económicas visibles, pero que por ello ninguna mujer merece ser sacrificada de nuevo y puesta en peligro. Que el islam es un problema para la paz. Que quien beneficia el establecimiento de esa religión y otras en un territorio se olvida de que las mujeres somos seres humanos. Solo se puede tratar al islam como una religión inocua cuando se tiene el coco muy comido o cuando te están pagando.
Si en torno al 2020 nos enfrentamos a lo que parecía el debate más incómodo del mundo con la ley trans como epicentro, ahora ha llegado para quedarse el debate del islam y como este entra en nuestras vidas a través de las fronteras.
Mientras desde el gobierno se hacen campañas tituladas “sola y borracha quiero llegar a casa”, se está regulando a marchas forzadas a algunos hombres que opinan que si vas sola y borracha a casa de noche es que eres una pecadora y no mereces respeto. ¿Qué puede salir mal en este experimento?
Mientras tanto, las iraníes, afganas, sirias y todas las de países donde el islam gobierna yacen abandonadas por los que se creen defensores del bien. Nadie mueve un dedo por ellas ni por nosotras. Estamos fuera de la ecuación y nos necesitamos las unas a las otras. La lucha internacional de las mujeres dejando de lado el patrocinio de los estados debe comenzar a fraguarse para salvarnos pues sabemos que luchamos contra las mismas amenazas vivamos donde vivamos.
Si como yo en tu adolescencia te enfrentaste a que te llamaran puta por existir puedes imaginarte el mundo que le estamos dejando a las que vienen detrás. Las niñas que nacen y viven en ciudades o pueblos donde el Islam y sus postulados deben ser protegidos en nombre de la libertad de culto y la diversidad, así como se protege al porno y la prostitución, se les está dejando un panorama desolador. Una ensalada misógina peor que la de mi adolescencia.
Un nuevo pacto social se cocina en los despachos de los mandamases del mundo. Aunque tengamos parlamentos llenos de mujeres, las mujeres estamos fuera de los pactos. La diversidad a ciegas está en la cúspide de esta pirámide. Negar que la diversidad siempre sea buena hace perder dinero a las agencias de viajes. En este viejo y nuevo mundo el turismo es el cuerpo de cristo.
Ahora que las mujeres vemos a los enemigos, unirnos es necesidad imperiosa antes de que pase como en Alemania y tengamos en nuestros barrios manifestaciones clamando por la instauración de la Ley Islámica.
¿Cómo no voy yo a tener islamofobia? Tener miedo a quien te odia es un mecanismo de defensa ante el daño que está por venir.
Mujeres del mundo uníos¡
Iria Bragado – activista social, feminista y poeta.



