“Yo solo les quiero recordar que la seguridad pública es un derecho humano básico, y que en los sitios donde la Administración no provee la seguridad necesaria para vivir, solo viven seguros aquellos que se pueden pagar su propia seguridad.”
Ante la transformación a marchas forzadas de Catalunya en el nuevo Far West, otra vez la sociedad catalana está impávida y atolondrada, ensimismada en sí misma en su narcisismo suicida de nivel extremo, como no queriendo creer que, siendo nosotros poco menos que la última Coca-Cola del desierto, vayamos a tener en nuestra sagrada tierra semejante problema terrenal.
Pues sí, lo tenemos, y en gran parte por la absoluta estupidez y la falta total de reacción social de la sociedad civil en Catalunya que, como en otros muchos sitios, pero aquí más después del electroshock colectivo del “procès independentista”, lleva años perdida en debates estériles, colgando banderitas y trapos de los balcones, entretenida en las peleas entre “tribus”, mientras abajo en la calle, todo se descompone. Literalmente.
En los últimos y escasos meses hemos tenido una ejecución en Tiana, un degollamiento por “brote sicótico” en Esplugues, un asesinato sicarial en la calle Balmes de Barcelona y, el último, un crío de 15 años tiroteado y asesinado en La Sagrera, también en Barcelona. Todo esto sin contar los innumerables ataques con arma blanca o con arma de fuego que no salen en la prensa porque no tienen resultado de muerte, pero que solo en el mes de junio, en mi pueblo costero, ha habido tres: dos apuñalamientos y un tiroteo. Multipliquen.
A principios de mayo de este año, una patrulla de tráfico de Mossos d’Esquadra, de manera absolutamente casual como casi todo lo que hacen bien los Mossos, encontró doce fusiles de asalto AK-47 en un Porsche Cayenne que circulaba con toda normalidad.
Hace muchos meses que la patronal del ocio nocturno catalán, FECALON, venía advirtiendo del aumento exponencial de armas blancas en cualquier ámbito del ocio nocturno, hasta el punto de que en varios locales se había procedido a instalar arcos de seguridad en el acceso para evitar que entrara gente armada. Lo extremadamente preocupante es que esta denuncia ya se ha quedado obsoleta.
Cierto es que bandas ha habido siempre y que enfrentamientos entre ellas también. Pero el cambio de pasar del navajazo al balazo, con la dificultad que se supone que implica conseguir un arma de fuego frente a lo fácil que es llevar un cuchillo, es la “red flag” más gorda y llamativa que no deberíamos dejar pasar.
La introducción de armas de fuego en la circulación normal de la delincuencia de baja intensidad conlleva el paso inevitable hacia la transformación de la sociedad en un lugar mucho más inseguro, peligroso y con grave riesgo de explosión social.
Los datos en Catalunya vienen aumentando desde 2023, pero el salto exponencial se produce entre 2024 y 2025 en el uso de armas de fuego y la incautación de las mismas se dispara en un 50% respecto al año anterior según datos de la Generalitat. Y a todo esto no olviden sumarle que estamos en alerta 4 por riesgo de ataque terrorista.
La solución de la Administración catalana ha sido espectacular: echar de Catalunya a la Guardia Civil y a la Policía Nacional, los únicos cuerpos de seguridad realmente preparados para hacer frente a los delitos de alto impacto siempre que se les den los medios adecuados (véase lo que pasa en el Estrecho gracias a Marlaska), y reducir la seguridad ciudadana en número de efectivos y en territorio controlado, dejando todo en manos de los Mossos d’Esquadra, que son más una policía politizada que profesional, una policía de la ideología que sabe poner más multas que nadie, pero que cualquiera que haya visto dos capítulos de “Crims” sabe que, cuando la cosa se pone chunga si no es por la vieja del visillo de turno, no resuelven nada.
Y todo por decisiones ideológicas nefastas (posiblemente alguna corruptela también habrá) que ponen en riesgo cierto y serio a toda la población. Porque claro, todo el mundo sabe que, cuando Catalunya se ha convertido en la mayor puerta de entrada de droga de toda Europa, cuando Barcelona es destino preferente de turismo sexual del Mediterráneo gracias a las organizaciones de trata de personas que están cómodamente instaladas en la ciudad condal desde la era Colau, cuando la inmensa mayoría del territorio “vacío” de Catalunya resulta que está lleno de plantaciones indoor de marihuana, con todo lo que eso conlleva, y se produce un aumento de las agresiones sexuales del 60% solo en Barcelona en un año, pues lo mejor, lo más sabio y lo más eficiente es retirar policía. Obvio.
Luego vienen y te venden la moto de la operación “Kanpai” y similares, que da grandes cifras de detenidos para los titulares, pero que nunca explica que esos detenidos en menos de 48 horas están en la calle otra vez. Y de lo de la expulsión por reincidencia en los casos en que fuera posible ya se pueden ir olvidando a estas alturas de la regularización masiva.
Y, en medio de todo esto, está Barcelona, el nido de delincuencia más pujante de toda Europa, donde el principal responsable de la seguridad, el regidor Albert Batlle, le ha dicho a la gente que si tiene calor y no puede estar en la calle por las razones ya expuestas, se vayan a tomar el fresquito a El Corte Inglés. Así, tal cual.
Lo peor, la inacción de la gente. Y digo de la gente porque de esta clase política gobernante, podrida por la corrupción, no se puede esperar nada. Pero es que de las y los integrantes de la “oposición amateur” que practican el Partido Popular, Vox, Junts cuando le da la ventolera y Aliança Catalana,de Sílvia Orriols, que parece que se va desinflando por momentos, tampoco esperen nada más allá de vídeos en redes.
Yo solo les quiero recordar que la seguridad pública es un derecho humano básico, y que en los sitios donde la Administración no provee la seguridad necesaria para vivir, solo viven seguros aquellos que se pueden pagar su propia seguridad. Llevarnos a la situación actual es otro ejemplo más del odio que le tienen al pobre todos los progres.



