¿Acaso no matan a los caballos?

¿Acaso no matan a los caballos?

Es probable que usted conozca esta novela, catalogada como negra, de Horace McCoy publicada en 1935. En ella se describe como dos aspirantes a actores, Robert Syverten y Gloria Beatty, se inscriben en un maratón de baile que tiene como premio mil dólares.

Las reglas son simples: no se puede dejar de bailar hasta que únicamente quede una pareja. Mientras dura el maratón tienen garantizada la comida, pero los descansos son sólo de diez minutos. Poco a poco la salud física y mental (como si se pudieran separar) de los participantes se va degradando. Poco a poco los participantes aprenden a dormir apoyados en sus parejas mientras mueven los pies, los diez minutos de descanso se usan para aliviar los pies (quién se queda dormido ya no despierta) y las parejas van siendo eliminadas por la extenuación mientras una muchedumbre va observando el espectáculo. Entre baile y baile Gloria va mostrando su desencanto, su desilusión y su falta de ganas de vivir ante una vida que no le ofrece absolutamente nada. Es más, considera dicho maratón como un anticipo, una muestra, de lo que le espera en el futuro. Robert es más optimista. Cree que si consiguen ganar la vida dará un vuelco y un futuro mejor es posible. Pero a medida que avanza la maratón se contagia del pesimismo de Gloria. Un tiroteo en el bar donde se celebra el torneo finaliza el concurso sin que haya ganador (la excusa es garantizar la seguridad de los participantes) cuando llevan más de 800 horas bailando (más de cuatro semanas) ¿Se reparte el premio? Claro que no, no hay ganador. Y es entonces cuando Gloria, harta de todo, de la vida, de no tener futuro, de penurias le pide a Robert que la mate. Porque sufre. Porque no lo soporta más. Y un Robert totalmente destrozado accede. Le pega un tiro en la sien con una pistola que la propia Gloria lleva encima y le da. Cuando la policía lo detiene su única explicación es la frase que titula la novela y este escrito “¿Acaso no matan a los caballos? ¿No lo hacen cuando sufren?”.

Los casos de Noelia Castillo y Pere Puig me han hecho recordar esta novela que leí hace ya décadas. Y es que ambos, inevitablemente, me han recordado a Gloria. Sin futuro, sin expectativas, sin ilusiones porque cuando aparecen son imposibles. Y sin poder hacer nada (o si haces no sirve) por culpa de un sistema, de una sociedad que, al igual que la muchedumbre que se acerca a ver los bailarines destrozados y el espectáculo consiste en maravillarte porque consigan seguir de pie y moviéndose, sólo hace eso: mira, se maravilla, comenta y ya. Con la diferencia de que mientras en la novela se considera horrible que se mate a alguien porque cree que no tiene futuro, nuestra sociedad aplaude como focas que se elimine a alguien a quien el sistema ha dado la espalda.

Yo he defendido (y defiendo) el derecho a la eutanasia. Entiendo que, cuando ya no queda nada que hacer excepto esperar y dicha espera implica un sufrimiento desmedido, es absurdo prolongar dicha agonía.  Lo defiendo ante un cáncer terminal en su ultimísima etapa o un alzheimer muy avanzado. Sólo queda dolor, sufrimiento y un final que no tiene por qué ser tan largo.

Sin embargo, tanto Noelia como Pere tenían mucha vida por delante. Y había mucho que se podía hacer para que su vida fuera más fácil, más liviana, menos dolorosa. Y lo digo con toda la razón del mundo puesto que yo, enferma crónica, no estoy en una situación muy distinta de la de Noelia o Pere. Y puedo decir que la situación de desamparo, de desilusión y de abandono son similares. La ideación suicida es una sombra que me acompaña desde que me diagnosticaron. Quizás, a diferencia de Noelia y Pere, mi freno ha sido tener un entorno que me cuida y protege. Quizás, mis hijos, aún menores, han sido mi excusa para emperrarme en seguir con vida porque no les voy a joder la suya. Quién sabe. Lo que sí sé seguro es que el sistema se ha empeñado en hundirme todo lo posible y más. Ante un síndrome que cursa con varias patologías que son motivo de una incapacidad de oficio (no puedo trabajar) la respuesta oficial es que estoy estupenda bajo las excusas más trasnochadas. Ojo, lo mejor de todo es que el mismo sistema reconoce mi situación de salud y que es, incluso, causa de discapacidad. Sin embargo, me obliga a vivir en una precariedad absoluta (considera que mi hogar está en situación de vulnerabilidad severa), y me deniega una y otra vez una pensión de incapacidad que me permitiría vivir con un mínimo de dignidad. Me mantiene con el IMV, que no da para nada, del que descuentan cualquier ayuda, beca o ingreso extra que consiga para mantener a mis hijos, a la espera de que mi base de cotización baje, mi pensión sea más baja, pasen los años por lo que será menos tiempo que tendrán que pagarme… e igual por el camino caigo, desaparezco, y dinero que se ahorran.

Y con estos mimbres, volvemos al cesto de Noelia y a Pere. Noelia, además, lo tenía más chungo, más jodido que Pere. Ni la sanidad ni la administración miran con los mismos ojos a ambos. Para la administración y la sanidad el dolor, las vivencias y el sufrimiento de Noelia son algo con lo que “hay que aprender a vivir”, es mujer. Para Pere, no. Pero lo cierto es que ambos se encontraron con una nueva ley que, por muy bienintencionada que sea, le va de perillas al sistema. Si además lo aderezamos con lo muy turbio que suena el tema de la donación de órganos en ambos casos (en mi caso no podrían aprovechar nada, pero ¿con ellos?) cuando hay personas implicadas que trabajan por objetivos en el comité que estudia las peticiones, todo se enturbia más.

Tal y como se está desarrollando todo, bajo mi punto de vista (que, ojo, puede ser muy equivocado), lo que parecía una ley de eutanasia, en realidad, es una ley de eugenesia: eliminamos a aquellos sujetos que no son productivos y encima les sacamos rendimiento al poder disponer de sus órganos. Muy turbio. Muy sucio. Muy rastrero. Es posible que sea una interpretación mía, personal, una exteriorización de mis miedos particulares al estar enferma, cronificada, con una condición degenerativa y ser un lastre para mi entorno, la sociedad y el sistema. Muy posible. Pero, usted, en mi situación ¿qué pensaría?

A mí, personalmente, lo que más me enfada es toda esa turba sin capacidad de pensamiento crítico que están aplaudiendo a manos plenas las muertes de Noelia y Pere. La muchedumbre que mira como Robert y Gloria bailan, aunque sus cuerpos se están desmontando y sus pies sangran. Esa sociedad aborregada que se queda en lo bonita que es la alfombra e ignora deliberadamente, porque así la vida es más fácil, más cómoda, la mierda que está oculta debajo, porque, al igual que los adolescentes, funcionan bajo el mantra de “a mí no me pasará”.

Nos avisaron de que sobraba población en el planeta. Y este es uno de los mecanismos de limpieza. No diga mañana que no estaba avisado.

Laura Torralva – Activista, feminista.

Compartir: