CUANDO EL PODER SE ORGANIZA PARA QUE EL FEMINISMO NO AVANCE
Mayca Romero Sánchez de la campa. Activista feminsita Gaditana
Cada vez que una propuesta feminista no nace del poder, algo se activa para que no avance.
No es casualidad.
No es una excepción.
Es un patrón.
De eso va este texto.
De cómo actúan las instituciones,
de cómo se organizan los partidos,
y de por qué tantas feministas, en tantos territorios, vivimos la misma frustración.
Hay algo que se repite en demasiados lugares como para seguir llamándolo casualidad.
Cada vez que una propuesta feminista no nace del poder,
cada vez que no está domesticada,
cada vez que no sirve para la foto,
algo se pone en marcha para que no avance.
Hoy quiero hablar de eso.
De cómo actúan las instituciones.
De cómo se organizan los partidos.
Y de por qué tantas feministas, en tantos territorios, vivimos la misma frustración.
El poder no suele decir “no” al feminismo de forma directa.
Ha aprendido que eso tiene un coste.
Prefiere dejar pasar el tiempo, desplazar el foco, generar ruido, enfrentar a unas contra otras y, finalmente, declarar que no hay consenso suficiente para avanzar.
Así, sin levantar la voz, consigue que no pase nada.
Esto no ocurre solo con un partido ni en un lugar concreto.
Ocurre cuando el feminismo deja de ser decorativo y empieza a ser incómodo.
Cuando señala estructuras y no se conforma con gestos.
Cuando exige transformaciones reales y no acepta que los derechos de las mujeres dependan del calendario electoral.
En ese punto, las diferencias entre el Partido Popular y el PSOE se difuminan más de lo que se reconoce públicamente.
Discursos distintos, sí.
Pero una práctica compartida: frenar, neutralizar o vaciar de contenido las propuestas feministas que no controlan.
El Partido Popular nunca ha ocultado su incomodidad con el feminismo.
Lo ha reducido a mínimos o lo ha utilizado como campo de batalla cultural cuando le ha convenido.
Nada nuevo ahí.
Lo verdaderamente grave es que el PSOE, que durante años fue referente para muchas mujeres, hace tiempo que dejó de ser un partido feminista en sentido estructural.
No se abandona el feminismo de golpe.
Se hace apartando a las mujeres que lo construyeron.
Mujeres que impulsaron algunas de las leyes de igualdad más importantes de este país y que hoy ya no están en los espacios de decisión.
Se hace sustituyendo la política feminista por un relato vacío de igualdad.
Y se confirma cuando el poder masculino interno se protege incluso cuando entra en contradicción frontal con los principios que dice defender.
El llamado caso Koldo no es una anécdota ni un escándalo puntual.
Es un síntoma.
Quienes acompañaron a Pedro Sánchez en aquel coche lleno de hombres que recorrió España para devolverlo al liderazgo del partido representan una forma de ejercer el poder profundamente incompatible con el feminismo.
Hoy, varios de esos hombres están señalados por feministas y por la justicia por prácticas de abuso, cosificación y uso de mujeres en contextos de prostitución.
No hablamos de rumores.
Hablamos de hechos que han provocado indignación dentro y fuera del propio partido y que, sin embargo, no han tenido un coste político real para quien hoy ocupa la presidencia, a pesar de que aquel movimiento fue decisivo para su llegada al poder.
Y aquí necesito decir algo desde un lugar más personal, pero no menos político.
Soy activista feminista.
Hablo de esto porque lo vivo en primera persona y porque es una realidad conocida dentro de la militancia feminista.
Pero ¿cuántas compañeras lo viven también en sus territorios?
Que levanten la mano.
¿Cuántas llevan años luchando, empujando propuestas, sosteniendo asociaciones, creyendo que esta vez sí?
¿Cuántas han llorado de impotencia al ver caer, una y otra vez, una causa justa de las mujeres por decisión —o por silencio— del poder político institucional?
Porque esto no es una experiencia individual.
Es un patrón.
No digo nada nuevo, pero sí algo que conviene mirar con honestidad.
El mapa político importa, pero no lo explica todo.
En algunos territorios gobierna la derecha con mayoría clara;
en otros, las instituciones se sostienen con alianzas fragmentadas que se dicen progresistas.
Y, sin embargo, cuando se trata de feminismo, el resultado suele ser el mismo.
Porque no siempre hace falta la extrema derecha para frenar al feminismo.
En muchos lugares, partidos que se presentan como de izquierdas —incluso integrados en gobiernos que se reclaman transformadores— actúan con una autonomía aparente que desaparece en cuanto el feminismo radical entra en escena.
En ese momento, las diferencias se diluyen.
Se alinean con el poder establecido.
Y el feminismo vuelve a quedar fuera.
En otros territorios, además, las compañeras tienen que lidiar con una oposición abierta, agresiva y sin complejos contra los derechos de las mujeres.
Allí el conflicto es más visible, más crudo.
Aquí, en cambio, se reviste de moderación, de diálogo, de supuesta neutralidad.
Pero el efecto es el mismo: bloqueo.
Lo que cambia no es el resultado, sino la forma.
En unos sitios el freno se impone desde la derecha más dura.
En otros, desde alianzas transversales que se activan cuando el feminismo incomoda demasiado.
El mensaje, en ambos casos, es claro: hasta aquí.
Después, cuando el conflicto estalla, se nos acusa de dividir, de exagerar, de tensar.
Lo que nunca se cuestiona es por qué una propuesta justa para las mujeres genera tanto miedo cuando no está bajo control institucional.
Conviene decirlo sin rodeos:
El feminismo no bloquea instituciones.
Las instituciones bloquean al feminismo cuando no quieren asumir el coste político de transformar la realidad.
Mientras tanto, las políticas públicas para las mujeres siguen siendo insuficientes.
Faltan recursos, personal, continuidad y valentía política.
Pero lo que no falta es energía para frenar cualquier iniciativa feminista que no esté domesticada.
Desde el feminismo no pedimos permiso.
Nunca lo hemos hecho.
Los derechos de las mujeres no han llegado por consenso, sino por conflicto.
No han sido concesiones del poder, sino conquistas arrancadas a estructuras que se resisten a perder privilegios.
Por eso, aunque el poder se organice para que no pase nada, el feminismo seguirá actuando.
Porque nace de la vida real de las mujeres.
Y porque, gobierne quien gobierne y se llamen como se llamen,
mientras la desigualdad siga intacta,
habrá feministas dispuestas a señalarla.



