El silencio también gana elecciones

La droga no se normaliza sola

Las elecciones andaluzas han dejado una imagen curiosa: el feminismo no ha muerto, pero alguien lo ha cambiado de habitación.

No lo han expulsado.

Eso habría sido demasiado evidente.

Lo han llevado unos metros más allá, a una esquina discreta donde todavía puede hacerse fotografías, aparecer en campañas y salir a pasear el 8 de marzo. Lo suficiente para decir que sigue ahí. Lo suficiente para que nadie pueda señalar a nadie y decir: «fuiste tú».

Porque el silencio tiene una extraña habilidad.

A veces no consiste en dejar de hablar.

Consiste en hablar sin decir nada.

Y de feminismo se ha hablado muchísimo en estas elecciones. Se ha pronunciado su nombre una y otra vez. Los partidos lo lanzan de un lado a otro como una piedra caliente. Unos lo utilizan para señalar contradicciones ajenas; otros para recordar errores del adversario; otros para ocupar una posición moral determinada.

Mujeres.

Mujeres.

Mujeres.

La palabra aparece una y otra vez.

La repiten como quien deja flores sobre una tumba esperando que nadie pregunte quién cavó el agujero.

Mientras tanto, el Parlamento andaluz deja una fotografía reconocible: PP, 53 escaños; PSOE, 28; VOX, 15; Adelante Andalucía, 8; Por Andalucía, 5.

Y entre todos ellos aparece una coincidencia extraña.

Nadie parece demasiado interesado en hablar del feminismo que incomoda.

Porque el feminismo que incomoda no pregunta quién ganó un debate televisivo.

Pregunta por qué la pobreza sigue teniendo rostro de mujer.

Pregunta quién acompaña a una víctima cuando las cámaras desaparecen y los titulares pasan de página.

Pregunta por qué una mujer aterrorizada no es libre.

Pregunta cuántas mujeres siguen esperando detrás de una puerta que nunca termina de abrirse.

Y sí, se ha hablado mucho de salud. La sanidad ha sido uno de los grandes campos de batalla de esta campaña. Se ha discutido sobre hospitales, listas de espera, gestión y modelos públicos o privados.

Pero una cosa es hablar de sanidad y otra muy distinta es hablar de la vida concreta de las mujeres.

Porque las mujeres no vivimos dentro de los eslóganes.

Vivimos dentro de condiciones materiales.

Vivimos dentro de tiempos de espera.

Dentro de recursos que llegan o no llegan.

Dentro de presupuestos que se ejecutan o se quedan durmiendo en un cajón.

Los derechos son una cosa curiosa: en política hablan de ellos como si fueran pájaros, algo ligero suspendido en el aire.

Pero los derechos pesan.

Tienen paredes.

Tienen llaves.

Tienen nombres.

Tienen profesionales.

Y tienen presupuestos.

Y cuando esos presupuestos no llegan, cuando los recursos se saturan, cuando las asociaciones llevan años advirtiendo que no dan abasto, lo que empieza a debilitarse no es solo una administración.

Lo que empieza a romperse es el suelo que pisa una mujer.

Quizá por eso hay algo que me inquieta de estos resultados.

Y no, no porque todos los partidos sean iguales. No lo son.

Tampoco porque a muchas mujeres nos dé exactamente lo mismo quién gobierne. No nos da igual.

Hay demasiadas feministas cansadas, enfadadas y políticamente huérfanas para fingir que no pasa nada. Mujeres que durante años encontraron un lugar en determinados espacios políticos y que hoy miran alrededor con una sensación incómoda: la de haber perdido una casa sin encontrar otra.

Pero una cosa es la decepción y otra muy distinta la indiferencia.

Porque enfadarse con una parte de la izquierda no convierte automáticamente a la derecha en una respuesta.

Y quizá el verdadero problema empiece cuando una mujer tiene que elegir entre sentirse representada o sentirse protegida.

Lo verdaderamente peligroso es cuando una sociedad empieza a aceptar que determinadas preguntas desaparezcan.

Porque después ocurre algo muy humano.

Primero se tapa una grieta.

Luego otra.

Luego otra más.

Y un día la pared parece recién pintada.

Solo entonces descubres que la casa llevaba años rompiéndose por dentro.

Mayca Romero Sánchez de la Campa
Activista feminista gaditana

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