La cultura de la violación es un concepto sociológico que describe un entorno social que normaliza, trivializa y justifica la violencia sexual, especialmente contra mujeres y niñas. Se refiere a un conjunto de ideas y actitudes que perpetúan la violencia sexual. El término se acuñó por feministas radicales en la década de los 70 del siglo pasado y se popularizó en 1974 con la publicación de “Violación. El primer Libro de Consulta de la Mujer”, escrito por Mithu Sanyal.
La cultura de la violación se manifiesta de diversas formas:
– Culpabilización de la víctima: se responsabiliza a la víctima de la agresión por su actitud, su vestimenta, su comportamiento o sus decisiones.
– Deshumanización y cosificación: se ve a la mujer como un objeto sexual, lo que normaliza la agresión sexual.
– Trivialización: la agresión se minimiza o se presenta como inevitable, lo que perpetúa la idea de que es un comportamiento normal y aceptable.
– Medios de comunicación: se manifiesta en la forma en que los medios presentan a la mujer, cosificándola y sexualizándola.
El impacto social que genera no sólo afecta a la víctima directa, ya que perpetúa la misoginia y el sexismo. Esto resulta en un entorno donde la mujer se siente insegura y dónde la violencia sexual se ve como un problema inevitable en vez de ser un delito erradicable.
Y todo esto viene a raíz de los debates y comentarios que se han generado por una noticia de la semana pasada, donde se informaba que una niña de 12 años había sido víctima de una agresión sexual, en una fiesta de cumpleaños, por parte de cinco compañeros de clase de su misma edad. Y es que dichos debates y comentarios han mostrado lo que es la cultura de la violación en todo su esplendor.
Para comenzar, una gran mayoría asumió dicha agresión como sinónimo de violación, cuando lo ocurrido fue que la rodearon entre los cinco, le levantaron la falda y le tocaron el culo. Esto originó un debate sobre si eso es una agresión sexual (que lo es) o no, lo que es equivalente a minimizar lo ocurrido. Hacerlo con una agresión solo porque sea perpetrada por menores es grave.
Otro debate paralelo que se estableció fue el que no es noticia y sólo sirve para estigmatizar y señalar a los agresores (pobrecitos, por lo visto). Que para la víctima suponga un trauma (más debido a su escasa edad) no parece importarles. Les importa que lo que consideran una “chiquillada” supone un delito que marcará a esos niños. El ninguneo al trauma y dolor de la víctima es más evidente. Y resulta curioso que se empatice más con los agresores que con la agredida. La deshumanización de ella es más que obvia.
Tampoco ha faltado quién ha señalado a la víctima, sugiriendo que se venden una suerte de pantaloncillos que se pueden llevar bajo la falda y así, si te la levantan, no se ven las bragas. Se ve que enseñar a los críos que eso no se hace y que es un delito no entra en sus cabezas.
También se ha comentado que es algo que ha pasado de toda la vida, que no es para tanto y que seguirá ocurriendo, que para qué tanto revuelo con algo que, inevitablemente, pasa y pasará.
Como podemos ver, todos los elementos de la cultura de la violación surgen en el debate generado. Y yo, me pregunto: ¿cómo van a dejar de existir las agresiones sexuales si en el momento propicio para educar y erradicarla nos aferramos a señalar a la víctima, deshumanizarla, empatizar con los agresores y señalar que es algo inevitable?
Para erradicar la cultura de la violación, es urgente ponerse las pilas. Cortar de raíz estos comportamientos desde el momento que aparecen explicando y enseñando que no son una broma ni un juego: son una agresión y un delito. Prohibir el acceso al porno a los menores de edad (de hecho, debería ser abolido) ya que muestra una cosificación brutal sobre las mujeres y envía el mensaje de que el cuerpo de la mujer está hecho para placer del hombre y que es derecho de éste el acceso al mismo. Y coeducación.
La próxima vez que piensen que algo es “cosa de niños” plantéese si cuando ocurre con adultos es delito. Si es así, es algo a erradicar.
Laura Torralva – Activista, feminista.



