“Pequeños músicos, grupos, artistas y también pequeñas empresas productoras o discográficas intentan sobrevivir, casi milagrosamente las que pueden hacerlo, en un mercado absolutamente copado y comprado por y para los chicos y chicas preferidos de la «cultura oficial». Tal cual pasa en el cine: enchufismo versus talento.”
Me van a permitir que me salga del mundanal ruido de los temas que nos ocupan para sumergirme en ese maravilloso ruido que es la música, uno de los mejores inventos del ser humano, sin la menor duda.
Esta semana hemos presenciado un guantazo dialéctico delicioso que los integrantes del grupo Carolina Durante le han espetado en todo el hocico al incalificable ministro de Transportes, Óscar Puente. Se quejaba el ministro de los grupos que actuaban este año en las fiestas de Valladolid, habiendo pasado de Edurne, cuando él era alcalde, al grupo Carolina Durante, ahora que la Alcaldía está en manos del Partido Popular. Obviamente, esta opinión la ha expresado en público a través de su insufrible cuenta en X (otrora conocido como Twitter). Al grupo madrileño le han bastado cuatro palabras para dar una respuesta perfecta a los lamentos del ministro, a saber: «Estás tú para hablar». Toma ya.
Yo no soy fan de Carolina Durante porque no soy especialmente fan de la música indie, pero menos aún de Edurne ni de la hornada de triunfitos que, con más o menos fortuna, siguen acompañándonos muchos años después. Algunos, por méritos propios; otros, porque los tenemos hasta en la sopa, aunque está demostrado que tienen el mismo talento para cantar que el ministro Puente para gestionar Renfe.
Y, sin embargo, hay una serie de cantantes y grupos que salen por todas partes, están en todos los carteles de todos los festivales y que, además, de vez en cuando van saliendo en el Telediario de La 1, sin que se explique muy bien por qué a determinados grupos se les hace la campaña de marketing gratis en la televisión nacional, mientras que la mayoría ni existe.
Varios ejemplos. Amaia Romero, la última triunfita a la que quisieron convertir en gran estrella. No olvidemos, por favor, el numerito de los dos compis enamorados en Eurovisión (Alfred era el extra en escena). De aquella actuación nos deberían haber echado del festival por poner a todo el continente en peligro de sufrir un subidón de azúcar. Después de quedar en el puesto 23 de 26 y, casualmente, finiquitar el cursi romance televisivo, la carrera de Alfred (que sí tiene talento) prácticamente ha desaparecido, mientras que pueden ver a Amaia en todos los saraos donde haya un euro público: festivales, fiestas de pueblo, galas, promociones en la radio y la televisión públicas. Primero quisieron transformar a la pobre en «femme fatale», cosa que, obviamente, salió muy mal; y, últimamente, la he visto cantar una especie de jota navarra haciendo cosas muy raras en mitad de un prado. Pero pierdan cuidado: los medios públicos siempre se encargan de hacernos seguir de cerca su «carrera» musical.
Sin abandonar el universo eurovisivo, tenemos, para mí, el mayor ejemplo de artista de dudoso talento pero con un discurso oficialmente adaptado a los tiempos «woke» que vivimos, absolutamente inflada por la «oficialidad» de la cultura española: la señora Rigoberta Bandini. Asaltó nuestras vidas cantando, enfundada en una faja XL como las de antaño, una canción absolutamente rancia que hablaba de tetas y de caldo casero. Entre eso y una película de Alfredo Landa, yo no le veo diferencia alguna. Bien, no la llevaron a Eurovisión porque los productores actuaron profesionalmente y llevaron a la mejor: a Chanel, una bestia parda en el escenario, una atleta que, además, no desafinaba ni dando esos requiebros mientras bailaba. Madre mía, qué arte. Aquel año, Chanel quedó tercera en Eurovisión porque ganó Ucrania a modo de apoyo moral. Peeeeero nos estábamos jugando el segundo puesto con el Reino Unido, a quien nosotros mismos, desde España, dimos la máxima puntuación: un melenudo más soso que un bocata de pipas, del cual nunca se volvió a saber. Y nunca más dejaron que los productores eligieran quién iba a Eurovisión. Ahora ya directamente ni vamos.
En aquel momento no lo pensé, pero ahora, visto lo visto y cómo las gasta la cuadrilla de este Gobierno, ya no creo que sea casual. Como todos saben, después de aquel pelotazo, la carrera de Chanel prácticamente desapareció, mientras que a la Sra. Bandini la vimos aquel verano por todas partes y, después de un parón que nadie notó, la hicieron volver por la puerta grande: ¡ni más ni menos que presentando los Goya! Enchufazo absoluto.
Y grupos que se repiten más que el ajo por todos los carteles hay cinco o seis, pero lo copan todo. Hace un par de años les dio por aupar a Los Planetas. Ni fú ni fá. La lista es corta, pero intensa, a saber: Sidonie, Love of Lesbian, Biznaga, Izal… Y, en Cataluña, casi cualquiera que berree en catalán y sepa tocar dos acordes de guitarra tiene un puesto asegurado en los carteles, aunque no le vayan a ver ni sus titas las del poble. Y así todo el rato. Hagan la comprobación.
Mientras, pequeños músicos, grupos, artistas y también pequeñas empresas productoras o discográficas intentan sobrevivir, casi milagrosamente las que pueden hacerlo, en un mercado absolutamente copado y comprado por y para los chicos y chicas preferidos de la «cultura oficial». Tal cual pasa en el cine: enchufismo versus talento. Hay que reconocer que algunas veces ambos coinciden en el mismo proyecto musical, pero, en la mayoría de las ocasiones, es puro marketing.
Para terminar, no se pierdan más recomendaciones musicales del ministro Puente.



