Ceuta, lejana y sola

Ceuta, lejana y sola

Pasé, prácticamente, un tercio de mi infancia en Ceuta. Cada vez que había vacaciones escolares allá que íbamos. Para mí, durante muchísimos años, Ceuta era sinónimo de playa, libertad (la que pueda tener una criatura de siete años) y feria.

Ceuta era el cine de verano donde ví la Guerra de las Galaxias. Ceuta era el jugar en la calle y subir a casa a comer o cenar cuando desde la mezquita del final de la calle se llamaba a la oración. Ceuta era donde tenías amigas “moras” con las que jugar a muñecas en una época donde la inmigración en España era anecdótica y, lo mejor de todo,allí a nadie le importaba un comino. Ceuta, en mi universo infantil, era lo mejor que habían inventado.

Recuerdo jugar en Hadú, donde vivían los abuelos de mis primos de Bilbao (todos los hermanos de mi madre, incluida ella, excepto una, se dispersaron por la península en aras a un porvenir mejor), con una niña que se llamaba Ayiya. Recuerdo a otra niña, vecina de mi abuela, en el edificio que se conoce como la Pantera (estaba pintado de rosa), Dunia.

Recuerdo trepar por los árboles del parque de San Amaro con mis primos, bajo la mirada atenta de mi madre y mi tía mientras nos explicaban entre risas que la baldosa desgastada de la ermita de San Antonio se debía a que las chicas casaderas restregaban el culo para encontrar marido. Mañanas y tardes de barbies, bebés y muñecas, construcciones, aventuras y de romper límites si los adultos estaban relajados o haciendo la siesta, acompañada por mis primos.

Ceuta era un crisol donde todo el mundo entero tenía cabida al ritmo calmado que nos impone el Mediterráneo aderezado con el impacto del océano. Ceuta era luz y color.

Ceuta, o la Ceuta que pervive en mi cabeza, ha desaparecido. Por completo. No concibo una Ceuta donde alguien tenga que esconderse o permanecer encerrado por miedo.

Me indigna que se tache o se insinúe que la población ceutí es racista. No lo ha sido nunca, y la rebujina de criaturas arriba y abajo esperando a que el “moro” cante su oración para ir a comer, merendar o cenar lo atestigua, más cuando a nadie le preocupaba qué se rezaba en las casas de la rebujina.

Me indigna, y mucho, que la rebujina de criaturas tenga que estar encerrada. Porque el crisol que era Ceuta se ha roto. Mis familiares trasladan que las mujeres y la gente mayor tienen que salir en grupo a la calle por seguridad. Que las playas están llenas de heces porque las redes antimedusas provocan que éstas se queden retenidas (es lo que hay cuando los lavabos públicos no dan para más) y que el hedor es insoportable. Que la mayoría de comercios están cerrados por miedo al vandalismo, y un largo etc.

Y es que, esa Ceuta, donde yo podía salir a dar un paseo tranquila con 12 años ya no existe. Esa Ceuta, donde cariñosamente se me apodaba “catalina” cuando oían mi acento barcelonés, se ha borrado de un plumazo. Ya no existe.

Mujeres y niñas, autóctonas o foráneas han perdido el derecho de poder salir a la calle. Da igual el credo o el color de piel. Todas encerradas y, si es necesario salir, acompañadas de varones para tener un mínimo de seguridad.

Ceuta. La Ceuta de mi infancia, abierta, libre, segura y divertida ha desaparecido. De un plumazo. Y quién tiene que hacer no mueve un dedo para recuperarla.

Ceuta. Lejana y sola. Y en vez de aceitunas en la alforja, solo hay mujeres y niñas desamparadas.

Ceuta. Lejana y sola. Sola.

Laura Torroba – Activista, feminista.

Share: