Maldita juventud

Es de vital importancia que los reincidentes por violencia machista no vuelvan a pisar la calle

No sé qué le ha pasado a los jóvenes y adolescentes actuales como para no estar trabajando por un mundo mejor. Van al colegio y creen a sus maestros. Parece que no pusieran en duda lo que se les ofrece en bandeja de plata. Pretenden muchos compartir piso hasta los 50 y después heredar la casa de sus padres. Conozco a unos cuantos de este estilo. No entiendo a aquellos que se quedan esperando que vengan a su puerta a petar y se les ofrezca el trabajo de su vida. Esperan que se publique una convocatoria para funcionario y poder trabajar “de lo suyo”. Algunos creen que tienen un oficio sin haber cotizado en la vida. Quieren un estatus social. Quieren que se cumpla la promesa. Son víctimas de una estafa piramidal, en la que todas y todos estamos. Todavía no han despertado del sueño americano instaurado Europa a través de películas de Hollywood y series de plataformas online. Como superarán que nos hayan mentido hasta la saciedad una y otra vez, cuando nos encontramos inmersos en la mentira, cuando la mentira se ha convertido en identidad, y la identidad es lo que uno es, es decir, que somos en lo que nos han convertido grandes empresas y lo mínimo es pelear y recuperarse de esta pesadilla de autómatas.

El mundo anterior al cine y a las series consumidas compulsivamente desde un PC era más sencillo. Los ejemplos eran los de siempre. Los iconos estaban en la Biblia o en la literatura universal, en los personajes clásicos que permanecen per secula seculorum. Ahora el estereotipo cambia, se adapta al mercado, se adapta a las ventas, a las modas, a las necesidades de Black Rock, a las necesidades de las farmacéuticas. Nos tragamos lo que nos ponen, lo que funciona en nuestros cerebros. Lo que está construido para enganchar, como si fuéramos ludópatas víctimas de una tragaperras. Los sueños que debemos perseguir han sido previamente filmados por una productora estadounidense donde las actrices más cotizadas y admiradas del mundo han tenido que enseñar sus pechos y sus culos para conseguir el papel que quizás les lleve al Óscar.

Ante el descalabro estructural de lo que nos queda de sociedad en la que ahora somos personas amontonadas en grandes urbes sobreviviendo en pisos en forma de nichos, clasificados en números y letras, siempre podremos buscarnos en medio de los sentimientos que dice tener un actor adolescente que vive en Los Ángeles y que casi seguro no sabe situar tu país en un mapa. Ante la carencia de dramas reales, de objetivos, de responsabilidades y sin saber cual camino escoger, las y los adolescentes que no consiguen verse los pies se acompañan de personajes de ficción e intentan extrapolar el guión de la serie de turno a su propia vida, sin escenografía, maquillaje,  peluquería y toda la impostura del audiovisual.

Cuanto más tarden en ver la realidad más grande será el susto. No quieren imaginarse en un futuro en una fábrica y ser como son sus padres y como sus abuelos fueron. Las generaciones que hoy deberían estar buscando una salida a todo lo que nos rodea y nos ata a los occidentales, herederos de una cultura e historia dignas de orgullo, están viendo Tiktok y Netflix. No saben que el mundo necesita comida, casas, limpieza, coches y muchas cosas más y que las manos humanas están lejos de ser sustituidas por robots.

Para más inri, ahora en los colegios enfatizan en eso que llaman educación emocional. Dedican tiempo y tiempo a hablar de sus sentimientos en público en vez de usar ese tiempo en educación de calidad y ofrecerles a nuestra infancia información para vivir en el duro mundo al que se van a tener que enfrentar. Los profesores enseñan para lo que ya pasó y no para lo que pasa, ni para lo que pasará. No les ofrecemos verdad y buscan sus respuestas en forma de vídeos estratégicamente construidos para venderles cosas, incluidos ellas y ellos mismos en pedazos a través de la pornografía. Ser actriz porno también puede ser un sueño por cumplir en el nuevo mundo.

La imaginación es una válvula de escape y el mundo huye de la guerra desde el sofá, yo también. La verdad es que aunque millones de personas de un país u otro se esfuercen en ser la mejor versión de sí mismos, sonreír a los vecinos, ayudar a cruzar la calle a las personas discapacitadas, ser amiga de tus amigos y rezarle al Niño Jesús, nada de lo que hagamos va a cambiar las decisiones que pueda tomar Trump, Netanyahu o el Ayatolá Alí Jamenei. Estamos preparados para recibir la paz, pero los que mandan se empeñan en hacer la guerra y son las mismas personas que dicen lo que hay que aprenderse en el colegio de manera obligatoria. Estamos preparados para esa paz que alguien debería estar tramitando por nosotras mientras cumplimos el sueño de no parecernos a nuestros antepasados.

Ahora que no se ve la luz al final del túnel es el momento de pensar, de poner las cartas sobre la mesa y de preguntarnos sin tapujos hacía donde vamos y que podemos hacer con lo que nos ha tocado como grupo. Por más buenas personas que seamos no vamos a salir de este atolladero con pensamientos felices y sonrisas.

Apaga la tele, deja de escrolear, tu vida no es una serie. Esas imágenes en las que te refugias se han grabado para aplacarte, para vencernos de manera colectiva e individual. Retírate un tiempo y piensa que tenemos que hacer para salir de este lugar.

Iria Bragado – activista social, feminista y poeta.

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