Dolores Vázquez y nosotras

Es de vital importancia que los reincidentes por violencia machista no vuelvan a pisar la calle

Nosotras, las feministas, comprendemos a la perfección el mecanismo mental de una sociedad que creyó hace 26 años que Dolores Vázquez, una mujer conocidamente lesbiana, de mediana edad y con un puesto de trabajo de poder como directora del Hotel Sultán de Marbella, fuera señalada, acusada formalmente y condenada por un asesinato que nunca cometió y sobre el que no había ninguna prueba contra ella.

Como mujer que desafiaba las normas morales de la sociedad española de 1999 se le consideró la bruja del cuento. Quienes miraban hacia ella deseaban verla encerrada, deseaban que fuera la culpable y NO querían buscar más. Tenían claro que aquella señora de 48 años había matado a una adolescente. Las televisiones y la prensa ayudaron a construir aquel relato que nadaba en contra de la lógica, pues en casos como este el 99,9 % el culpable es un hombre. Una muchedumbre enfurecida deseaba que una mujer fuera la mala malísima, aunque solo fuera una vez, pero como casi siempre pasa, el asesino era un hombre y con antecedentes.

Las pruebas no importaron, la lógica tampoco, se dejó la razón de lado y se apeló a los sentimientos, a las emociones, al sufrimiento de una madre. Dolores era una lesbiana de esas que pueden vivir sin hombres y cobrar más que muchos y no bajar la mirada ni retractarse de sus palabras cuando tiene seguridad de lo que dice. Una mujer que pensó que se impondría la verdad como finalmente pasó, aunque hubo que esperar tanto que Dolores vivió más de 500 días entre rejas y Sonia Carabantes fue asesinada por Tony King, el asesino de Rocío Vanninkhof, que viendo lo sencillo que le había salido el asesinato y la ineptitud de la justicia española continuo quitándole la vida a otra adolescente que caminaba de noche.

Pienso en Dolores y pienso en todas nosotras, las feministas, que luchamos contra la estupidez humana, la manipulación, la exaltación de las emociones por encima de la razón. Pienso en todas las veces que me han dicho que esas que no quieren la Ley Trans son unas burguesas que cobramos del estado y que no tenemos razón porque los trans sufren mucho. Pienso en las víctimas que se va a llevar por delante la poca capacidad de la gente de análisis, la infantilización en la que nos movemos, el odio a las mujeres que dicen que NO, las que tenemos valor de sobra para llevarle la contraria a quien sea preciso. Las que no nos adaptamos, las que no buscamos ser aceptadas por la masa sino que queremos cambiar el mundo para que este sea un lugar mejor.

Dolores Vázquez representaba el estereotipo de mujer que la sociedad todavía odia, pero la sociedad no es un fantasma, actúa a través de las personas porque las personas son la sociedad, actúa a través de cada una de las palabras que dicen para aplastarte, de los movimientos de sus caras cuando se tuercen mientras tú hablas, aún más cuando tienes toda la razón del mundo. Ese odio que sufrió Dolores en una dosis muy concentrada se dispersa entre todas nosotras cuando nos negamos a aceptar el “credo quer”, cuando nos negamos a aceptar que exista la prostitución “buena”, cuando nos negamos a aceptar ser usadas como máquinas de parir para malas personas. No va a ser eterno lo que estamos sufriendo, antes o después podremos señalar las irresponsabilidades, temeridades, locuras, amenazas y dolor que nos está provocando a todas el no parar de decir la verdad cuando una mayoría se niega a verla.

Se arrepentirán antes o después de lo que están haciendo y se hará visible lo evidente. Nosotras, tenemos la razón.

Iria Bragado – activista social, feminista y poeta.

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