Paralelismos misóginos en la historia de la medicina. La historia se repite.

Es de vital importancia que los reincidentes por violencia machista no vuelvan a pisar la calle

En el año 2000 yo cursaba 4º de la ESO. Fue durante ese curso que descubrí quien era Sigmund Freud. En lengua y literatura española el profesor nos explicó la importancia de los hallazgos del señor Freud. El descubrimiento del subconsciente dio lugar al surrealismo en las artes.

Cuenta la leyenda que Freud se encontró con mujeres con un padecimiento sin nombre ni explicación. Partes del cuerpo de estas quedaban dormidas, en letargo, sin fuerza pero algunas de ellas recuperaban con el tiempo sus capacidades. Ante la incógnita, Freud se encerró con estas mujeres sin diagnostico. Ellas le confesaron de manera general que había sido violadas en la infancia  en sus propios hogares, por sus familiares masculinos. Con aquella información Freud enlaza causa y efecto. Aquellas vivencias pasadas afectaban al cuerpo. Pero esa teoría sería difícil de consumir por una sociedad gestada en la época victoriana, así que, hizo lo que se hace en estos casos. Decide argumentar que las niñas desean sexualmente a sus padres, vinculando así el hecho del abuso al deseo de las menores. Ese deseo, que sabemos solo habitaba en la mente de Freud pasa a ser la excusa para seguir mirando a la cara a los señores de la época y culpar a las mujeres  y niñas del mundo de todos sus desgracias, otra vez en un mundo en el que no eligen nada, solo padecen lo que les ha tocado.

De esta manera no me lo explicaron en el instituto, pero hace mucho que sé que fue así y la historia continua empeorando.

El deseo irrefrenable de las mujeres de acostarse con sus padres o la falta de orgasmo femenino pasa a ser el origen de todos los males que padecen. Las enfermedades también pueden estar de moda y así es como nace la histeria. El origen está en el sexo femenino, en nuestro útero. Así la palabra «hystera” que significa útero da lugar al nombre de la dolencia. Las mujeres pasan a ser atendidas a través de sus vulvas, de sus vaginas, en consultas de unos que se suponen médicos y para recibir el tratamiento de dolencias físicas que no se encuentran entre sus piernas deben quitarse las bragas y dejar que un señor cualquiera manipule sus genitales, supuestamente de una manera mecánica.

Esta historia que se parece demasiado a una película pornográfica y poco a un hospital o a una consulta con un psicólogo, es el origen de ese gran cambio llamado surrealismo en el cual las mujeres hemos sido las protagonistas pasivas.

Unos años después de descubrir a Freud, a los 20 años me encontré a mi misma en una situación similar a la de aquellas mujeres de hace 100 años. Un sábado por la noche de finales de enero en el 2005 perdí vista de manera repentina de un ojo. Esperé 2 días para ir al médico y decir algo en mi casa no fuera a ser yo una exagerada. Del ambulatorio me mandaron a urgencias, de urgencias al oftalmólogo. Hice pruebas oftalmológicas durante cuatro días y al quinto me dijeron que lo mío tenía que ser de psiquiatría, que allí no me veían nada, pero antes de eso me iban a mandar a neurología para descartar. Llegué a neurología y en unos minutos me indicaron que me quedaba ingresada, que ya no salía del hospital. A los 3 meses me ocurrió lo mismo con el otro ojo. Años después perdí la mitad derecha de mi cuerpo. Tenía esclerosis múltiple y resulta que no estaba loca.

A principios del siglo XX no había resonancias magnéticas. Además, no creo que Freud hiciera un estudio en la población general, quizás las niñas sufrieran abusos sexuales de manera abrumadora y no solo aquellas con las que Freud se encontraba.

Cuando me dio el brote que me dejó medio muerta de la mitad derecha de mi cuerpo, me acordé de Sigmund y aquella historia de mujeres paralizadas en cuerpo. Padezco esclerosis múltiple de tipo recurrente-remitente, el tipo más común de esta enfermedad sufrida en su mayoría por mujeres. Esta enfermedad avanza y retrocede con el tiempo, en días, semanas o meses. Ahora que acaba de pasar el día nacional de la esclerosis múltiple, 18 de diciembre, abro  de nuevo la puerta de esta historia, que me persigue. Me acuerdo de todas las mujeres, de las enfermedades femeninas y de las excusas que se buscan los hombres para acceder a nuestros cuerpos. Sería lo mismo no hacer nada que hacer algo en esta dolencia en aquel momento. El resultado en muchos casos sería la mejoría de los síntomas, porque el tiempo en este tipo de esclerosis múltiple soluciona el avance de los brotes en muchas ocasiones. La cura podría ser rezar el ave maría 20 veces al día o tomar una sopa caliente.

Aunque aquellas mujeres de familias pudientes tuvieran acceso a la medicina, a ropas de terciopelo y una buena alimentación no se libraron de ser violadas en consulta. Algunas de ellas como Constance Lloyd, escritora de cuentos infantiles irlandesa, conocida también por haber sido esposa y madre de 2 hijos junto a Oscar Wilde,  fueron diagnosticadas de histeria con todo lo que implicaba. En medio de la locura social que los científicos desataron, Constance accedió a someterse a una operación de histerectomía que prometía curar su mal. Fue desprovista de parte de sus órganos reproductivos por algún matasanos y las secuelas la llevaron a la muerte. Hace años que de vez en cuando me encuentro artículos donde hablan de que la descripción de su sintomatología deja claro, con lo que ahora sabemos, que padecía esclerosis múltiple.

La historia de las mujeres, es la historia de la humanidad porque aunque se empeñen en invisibilizarnos. Las mujeres tardamos más tiempo en ser diagnosticadas de  cualquier cosa en comparación con los hombres, porque no se nos cree en consulta. Nos recetan medicación psiquiátrica para dolencias que acostumbran a ser físicas, en las que no se ha querido profundizar. La teoría estudiada por el alumnado de medicina no concuerda con nuestros síntomas porque el cuerpo masculino es el ejemplo del que se parte. Me pregunto cuantas mujeres que no se casaron con un conocidísimo escritor  pasaron por lo mismo que pasó Constance Lloyd. No conocemos sus nombres ni sus caras, ni somos conscientes de todo lo unidas que estamos a sus historias y a sus vidas.

Las bases de la psicología moderna se forjaron sobre estas creencias impulsadas por ese señor misógino. Las mujeres seguimos soportando que no crean lo que sentimos y a cambio nos ofrecen remedios a nuestros males que llegan hasta la amputación de miembros sanos. Está pasando en estos momentos y en nuestras sociedades occidentales contemporáneas. Otra vez se monta un negocio o muchos en base a nuestro sufrimiento. La amputación vuelve a ser moda y promete mejorar la vida de las mujeres. Son aquellas que se quejan, que lloran, que patalean y que se encuentran a disgusto en esta sociedad las que de motu proprio insisten en un remedio y se acogen a lo que le dan.

Constance Lloyd aparece en mi cabeza cada cierto tiempo y es para mí su cara la mía y la de millones de mujeres sin rostro. Ella se pierde en un vídeo de Pink Floyd, Another Brick in the Wall, hace fila y salta en la picadora, hay niñas y niños delante y detrás. Está pasando, otra vez.

Iria Bragado – activista social, feminista y poeta.

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