El bien común

Es de vital importancia que los reincidentes por violencia machista no vuelvan a pisar la calle

A las mujeres de contextos islámicos a las que se les inculca, obliga o chantajea con el uso del burka, niqab, chador o velo de cualquier tipo se les enseña que ellas son maldad por nacer mujeres.

Se les dice con o sin palabras continuamente y de las mil y una maneras existentes que son pecado y que por ello deben ser secreto. Se les hace saber que son la propiedad del padre que fecundó a la madre y que son o serán propiedad del marido, al que deberán amar y obedecer para llevar mejor la condena. Que son custodiadas para un hombre y que no son dueñas de sí mismas, sino que existen para otros. Que las leyes de los estados no les afectan porque hay algo más importante que la dignidad de una mujer que es la voluntad de Alá para someterla, y ese sometimiento no es más que el sometimiento del patriarcado que considera a las mujeres seres que vienen al mundo para facilitarle la vida a los hombres. En las mentes de una inmensa mayoría de población occidental es imposible no tener la absoluta certeza de que nos enfrentamos a una religión que promueve la violencia contra las mujeres, y que convivir con el Islam nos traslada a la clase de historia en la que aprendíamos sobre el Antiguo Régimen. Decir esta verdad hará que me tachen de islamófoba pero a día de hoy que me acusen con una palabra como esa me parece el menor de mis problemas y el menor de los problemas a los que nuestra sociedad se enfrenta.

Cuando a los 14 o 15 años me encontraba cursando la ESO y la palabra “islamofobia” no había sido inventada. En la asignatura de “Alternativa a la religión” la profesora nos puso como primera película del curso “No sin mi hija”. Un film dramático basado en la historia de una mujer real, Betty Mahmoody, que en el año 1984 viajó con su marido iraní de nacimiento a su país de origen desde EEUU donde el matrimonio residía. En la película y en la vida real, Betty fue retenida con su hija en Irán y ambas fueron despojadas de sus derechos básicos por ser mujeres. El país persa aparece reflejado como un lugar en el que una mujer carece de la dignidad más básica. Sería imposible que en aquellos finales de los noventa esta película se pasara por el relativismo cultural al que ahora estamos tan acostumbrados.  A nadie se le ocurriría defender esa situación y sería imposible no ver a todas las mujeres que contribuyen al encierro de la protagonista, interpretada magistralmente por Sally Field, como autómatas alienadas de un contexto sectario en el que las mujeres actúan en modo supervivencia. Me pregunto si hoy en día tendrán la oportunidad las y los estudiantes de debatir en clase sobre las mujeres en contextos islámicos o si estará el debate vetado ya que en estos momentos ese contexto está aquí mismo dentro de todas las clases en forma de alumnado.

Las opiniones eran unánimes en mi adolescencia. No recuerdo a nadie que no identificara la pesadilla que significaba vivir de aquel modo.

En estos años en los que he pasado de ser una adolescente a una señora de más de 40 años se han trasladado a vivir entre nosotros miles de personas de los mismos lugares, con las mismas costumbres y religión que aquellas que antes mirábamos desde la mirilla de un documental o de una película. La triste realidad que viven las mujeres nacidas en el desamparo del Islam ha pasado de ser algo ajeno y fácilmente identificable a mezclarse a través de la convivencia en las escaleras de vecinos, en los centros de empleo, en los centros escolares y en las casas. La realidad de esas mujeres no ha cambiado, somos el resto el que ha cambiado porque los seres humanos somos así, sociales por naturaleza y construidos en base a las personas con las que nos relacionamos. Es más fácil evitar el conflicto con los vecinos y llevarnos todos bien que buscarnos problemas. Nuestro cerebro humano elige descansar y no le gusta ver lo incómodo de convivir con el Islam. Enfrentarse a la injusticia que se tiene diariamente de frente es agotador.

Es muy sencillo compadecerse de la injusticia que sufre una mujer en Afganistán y hacerse socia de una ONG con cuota mensual para contribuir a algo de esperanza para quienes no tienen nada de nada a más de 1000 kilómetros. Lo difícil es enfrentarse a las caras de las personas concretas, con nombres, con apellidos y decir en alto la verdad porque la verdad es que nos han enseñado a no herir los sentimientos ajenos y a evitar situaciones incómodas. La verdad es que no queremos que nadie se sienta mal pero también que alguien la tiene que decir ante tantas bocas calladas.

Sabiendo 4 cosas de psicología y educación podemos tener la seguridad total y absoluta  de que aquellas que afirman ser libres de obedecer a un Dios que las humilla cubriendo su cuerpo de una manera incómoda y estigmatizante lo hacen por el amor a sus padres. Lo hacen buscando la aprobación de su grupo. Lo hacen por el amor condicionado. Lo hacen para no quedarse fuera porque conocemos a muchísimas mujeres que eligiendo no llevar velo y no seguir la religión inculcada han tenido que huir de sus familias y esto no lo vas a ver en la televisión, de momento.

Creer que en las familias musulmanas no se presiona a nadie es no tener memoria y no recordar la vida propia. Lo normal en la adolescencia es sentir presión en mayor o menor grado de parte de la familia para seguir el camino marcado por quienes te dan cama, comida y supuestamente amor y respeto. Pasa en contextos islámicos y sin Islán también pasa. Negar algo tan común por lo que todos los adultos hemos pasado es convertir a las personas de contexto islámico en más santas y más puras que el resto y eso no tiene ningún sentido. ¿Alguien en su sano juicio piensa de verdad que si naces en una religión en la que tienes que rezar 5 veces al día después de lavarte de una manera específica manos, brazos, nariz, boca, pies, tobillos, ponerte de rodillas en una alfombra de rezar y recitar en árabe versos del Corán y además hacer esto independientemente de si te encuentras en casa o en la calle, no tienes presión de tu familia para continuar con las normas de una religión a la que catalogaríamos de secta si no fuera porque es extremadamente numerosa?

O no hay reflexión sobre esta cuestión o es que la cuestión no se quiere poner encima de la mesa tal y como es por su incomodidad y por los intereses que nuestro estado tiene con países donde los derechos de las mujeres brillan por su ausencia en nombre de la religión coránica. Entre nosotras y los combustibles fósiles , nosotras perdemos.

Del mismo modo que no se puede trabajar por debajo del salario mínimo aunque alguien insista en hacerlo felizmente, no deberíamos permitir que claros ejemplos de discriminación hacia la mujer se perciban como aceptables. Que sencillo es ver la gravedad cuando se ponen en juego derechos de los machos como son los derechos laborales que nos afectan a ambos sexos, pero una vez más, si la cuestión atañe solamente o de manera mayoritaria a las mujeres se nos olvida el bien común, porque en el imaginario colectivo el bien común es el de los hombres tranquilos y no el de las mujeres libres. El bien común exige hoy poner coto al velado de las mujeres. Prohibir el niqab y el burka es lo mínimo que se puede hacer en estos momentos. Hace unos días Vox y PP votaban a favor de una propuesta de Vox para prohibirlos. Fueron los únicos que votaron a favor, las llamadas fuerzas de izquierdas votaron en contra, es decir, se pronuncian a favor del velado de las mujeres.  Después hay quien se pregunta por qué crece la derecha. La izquierda se ha acogido a los ideales de derechas donde la religión está por encima de la dignidad de las personas, sobre todo de las personas de sexo femenino.

Debemos recuperar la idea del bien común e imaginarnos un mundo en el que las jóvenes de familias musulmanas tienen la excusa perfecta para desobedecer y trazarse el futuro que ellas quieran y no el que se les imponga desde sus casas. Debemos brindarles a las mujeres la oportunidad de amoldarse a la sociedad que las acoge, una sociedad a la que le gusta presumir de feminista pero que no ejerce como tal. Debemos pensar en esas niñas, adolescentes y madres que muchas veces no tienen escapatoria o para las que la escapatoria significa renunciar a casi todo lo conocido. Para apoyar a las mujeres hay que dar de lado a las religiones y a la musulmana hay que vigilarla más que al resto. Millones de víctimas en el mundo tienen vidas que son la peor de las pesadillas y esas pesadillas se amparan en la libertad religiosa. Las mujeres también pertenecemos a la comunidad de seres humanos que viven bajo los deberes y derechos de este estado, así que tratarnos como iguales merecedoras del bien común sería lo óptimo.

Que dejen de insultarnos de una vez y decirnos que empatizan con el padre de familia musulmán que manda en su casa, pero no con las niñas nacidas en medio de una religión arcaica y que son obligadas a vivir con unos principios superados aquí hace siglos, en los que ellas son patrimonio  del hombre que fecundó a su madre y poco más.

El objetivo del feminismo con respecto a esto debe ser abolir el velado de las mujeres y llamarle a las cosas por su nombre sin miedo. Incluir la presión que las niñas y jóvenes viven en sus casas para ser veladas, para casarse o para tener una pareja de la religión que se profesa en su casa como un modo de violencia de género. Que estas adolescentes puedan denunciar a las familias donde las maltratan para que cumplan con las leyes coránicas y que tengan un lugar al que ir cuando escapen de sus casas hartas es el cometido de una sociedad igualitaria.

Desde mi ordenador puedo resumir esta injusticia igual que tantas otras compañeras hacen en estos días. Podemos poner palabras a lo que se sabe y no se dice porque por más incómodo que sea abordar la realidad con todo su dolor es la única manera de tomar las medidas pertinentes. Las mujeres nos lo merecemos, todas. La agenda feminista debe retomar este problema. La manera en la que debemos hacerlo son nuestros deberes del 2026.

Iria Bragado – activista social, feminista y poeta.

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